EXTO NEUROMANAGEMENT OCT25 SES5

Veamos más despacio esta conversación, que arranca de una dificultad para comprender la diferencia entre ser y hacer. Cuando no tenemos clara esta distinción, creemos que nuestra identidad se constituye mediante nuestras acciones. ”Yo soy lo que hago”. Así pues, con el fin de consolidad una identidad más valorada, hacemos y hacemos, esperando recibir el reconocimiento y el aprecio de los demás. En este camino, sin embargo, nos olvidamos de nuestro verdadero ser, nuestras necesidades, nuestros intereses, nuestras prioridades o nuestras emociones. El hacer nos vuelca en exceso hacia el exterior, hacia el otro. La consecuencia es que perdemos el contacto con nosotros mismos. La idea de que “lo que hago es lo que soy”, además, hace que cualquier error se convierta en un grave atentado a nuestra identidad. Cuando se produce un fallo, lo vivimos como un auténtico fracaso personal, como veremos después. Finalmente, la idea de que lo que hago es lo que soy suele acompañarse también de una idea de inamovilidad. Dado que parece que existiera un “motor interno” qu e nos impele siempre a actuar de la misma manera, asumimos que este motor continuará funcionando el resto de nuestra vida. Siempre ha sido así y siempre será así, de forma que cerramos las puestas al cambio, al aprendizaje, al desarrollo. En el camino de la excelencia, los errores son parte natural de la acción y pueden incluso ser vistos como una oportunidad para detectar desviaciones mejorar y aprender de lo realizado. En este entorno, es mucho más probable, que nos atrevamos a intentar cosas nuevas, asumir riesgos y desplegar creatividad. En el camino de la exigencia, sin embargo, el error es vito como un enorme fracaso, algo muy difícil de aceptar y de diferir. Por na parte, porque se vive internamente como un atentado al ser, como acabamos de ver. Por otra parte, porque es un obstáculo que se interpone en la búsqueda de la perfección. Cuando se tiene este punto de vista, es mejor poner toda la atención en la evitación del error y, en consecuencia, arriesgarse lo menos posible, de modo que cuando aparece un fallo, podemos negárnoslo, esconderlo o incluso desviarlo señalando a otra persona como culpable, todo ello para evitarnos el sufrimiento y la frustración que nos produciría admitir algo que nos resulta muy difícil, porque nos deja muy vulnerables ante la idea de haber tenido un terrible fracaso. En el camino de la excelencia, el liderazgo se centra en la mejora, el aprendizaje y el crecimiento de las personas. Esto facilita una comunicación más abierta y auténtica y un mayor compromiso de los quipos. La delegación se hace más responsable y el clima laboral más positivo. En el camino de la exigencia, sin embargo, hay más dificultad para confiar en los demás, por lo que aumenta la necesidad de controlarlo todo con el fin de garantizar el éxito de los resultados. Cuanto más controla la persona exigente, menos compromiso obtiene del equipo. La comunicación abierta y franca desaparece, la delegación disminuye y el ambiente se vuelve más y más tenso. En el camino de la excelencia, hay más alegría, los logros se celebran el feedback y el reconocimiento fluyen de manera natura, las personas disfrutan afrontando nuevos retos, resolviendo problemas, logrando las metas propuestas. En el camino de la exigencia hay más obligación, no hay mucho que celebrar, las cosas nunca están suficientemente bien. “Podíamos habernos esforzado un poco más”. “Lástima que no

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